El reto no era maquetar una invitación bonita — eso lo hace cualquier plantilla de Canva a las tres de la mañana. Era construir una marca propia para una boda entera, con acento mediterráneo y alma de pueblo, traducida en una paleta de mostaza, terracota, óxido, salvia, verde oliva y arena que acompañara a la pareja desde la invitación hasta el cóctel que sirvieron de cena en el frontón del pueblo — porque aquí hasta la cena de gala se jugaba en pista.