Hay escenas que no hacen ruido, pero lo cambian todo.
Ayer, mi abuela me hizo palomitas 🍿.
Sacó maíz y, mientras me hablaba, metió en un cazo un puñado de granos de maíz 🌽, aceite y sal. Decía que hacía tiempo que no comía y que tenía que hacerme palomitas “de las suyas”.
No entendí muy bien por qué quería hacerme palomitas un jueves a mediodía, pero acepté su invitación.
Y entonces pasó algo.
Mientras la veía cocinar, sentí una necesidad casi urgente de tener un botón de “grabar” en mi memoria. Guardar para siempre el olor de sus palomitas, el ritmo suave del fuego, el sonido diminuto de sus besos de pájaro contra mi mejilla. Porque entendí que esa era su forma de decirme quién soy para ella: un gesto sencillo convertido en refugio, en cuidado, en amor tangible.
Vivimos en una época donde lo extraordinario parece exigir volumen, velocidad y espectáculo. Todo tiene que ser grande, visible, compartible. Pero la verdad es otra, más silenciosa, más honesta: lo que realmente nos transforma suele ser pequeño.
Un puñado de maíz.
Una cocina cualquiera.
Un jueves cualquiera.
Y, sin embargo, ahí ocurre algo inmenso.
Como diseñadora y como persona, cada vez tengo más claro que la esencia no está en lo grandilocuente, sino en lo que se siente. En lo que no se explica del todo, pero se queda. En ese tipo de detalles que no necesitan justificación porque hablan un lenguaje más antiguo que las palabras.
Crear, al final, se parece mucho a hacer palomitas.
Es elegir bien los ingredientes, cuidar el proceso, estar presente mientras sucede la magia. Es entender que no todo explotará a la vez, que cada grano tiene su tiempo. Y que lo importante no es solo el resultado, sino el amor que se pone en el proceso.
Porque eso se nota. Siempre se nota.
Y quizá de eso va todo esto: de aprender a mirar lo cotidiano con ojos atentos. De dar valor a los gestos que parecen pequeños pero que sostienen mundos enteros. De recordar que el amor, muchas veces, no llega en grandes discursos… sino en forma de palomitas recién hechas.
Irene Viciano🪽



